Líneas de lápiz

pasajes, emociones, imágenes.

El esfuerzo.

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¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que estáis exigiendo a vuestro capitán? ¿Acaso vosotros abandonáis tan fácilmente lo que os interesa? ¿No decíais que ésta iba a ser una expedición gloriosa? ¿Por qué lo decíais? Sin duda no porque pensarais que las aguas por las que navegaríais serían tan apacibles como las de los mares del Sur, sino, por el contrario, porque sabíais que estaban llenas de peligros y horrores; porque, a cada nueva dificultad, vuestro ánimo debería dar pruebas de coraje y entereza; porque la aventura estaba erizada de peligros e, incluso, podía amenazaros la muerte. Por todo ello esta expedición podía llamarse gloriosa; por todo ello esta empresa es honrosa.

Frankenstein, de Mary Shelley (1818)

Imagen: “Portel Fisher Folk”, por William Lionel Wyllie (1875)

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La economía.

—Yo -dijo aún- poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo los posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…

El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró respuesta y el principito se fue.

Decididamente las personas mayores son bien extraordinarias, se dijo a sí mismo durante el viaje.

El principito, de Antoine de Saint-Exupéry (1943)

Imagen: “Coucher de soleil sur la Tamise”, por Emile Claus (1917)

La conciencia.

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La «conciencia» es un negrero que el hombre se ha colocado dentro de sí mismo y que lo obliga a obrar de acuerdo con los deseos y fines que él cree suyos propios, mientras que en realidad no son otra cosa que las exigencias sociales externas que se han hecho internas. Manda sobre él con crueldad y rigor, prohibiéndole el placer y la felicidad, y haciendo de toda su vida la expiación de algún pecado misterioso.

El miedo a la libertad, de Erich Fromm (1941)

Imagen: “Autorretrato”, por Francisco de Goya (1815)

Cita seleccionada por Carlos Castaño Camacho

La satisfacción.

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Sentía una gran paz, sólo amenazada irreflexivamente por ese último rescoldo de desencanto que le producía siempre el hecho de conseguir lo que deseaba.

Toda la noche oyeron pasar pájaros, de José Manuel Caballero Bonald (1981)

Imagen: “Nieve en el Central Park de Nueva York”, por Joaquín Sorolla (1911)

El duelo.

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Yo a mamá la echo de menos muchas veces, pero nunca cuando vengo al cementerio, por eso no lloré. Estaba, al contrario, muy alegre con el sol a la espalda y unos pájaros que cantaban en los cipreses.

Entre visillos, de Carmen Martín Gaite (1957)

Imagen: “Dahlis cactus rouges”, por Gustave Caillebotte (c. 1892-1893)

El interior.

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Nos miramos por dentro y vimos allí confusos sueños, formas de amor, ansias de riqueza y miedo a la muerte.

Viaje a pie, de Fernando González (1929)

Imagen: “A Man seated reading at a Table in a Lofty Room”, por un seguidor de Rembrandt (c. 1628)

La guerra.

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Son muy pocos, y muy distintos, los combatientes que corren por sí mismos a la muerte. Me parece que ya no existen; sólo en la historia. «Seguro que hoy un putas de ésos me va a matar», me dijo un día un muchacho. Se había detenido a mi puerta, y me pidió agua. Partían a enfrentar una avanzada. El miedo lo retorcía, estaba verde de pánico: con toda razón, porque era joven. Me voy a morir, dijo, y lo mataron, yo vi su cara rígida cuando lo trajeron, y no sólo a él: había otros tantos.

Los ejércitos, de Evelio Rosero (2007)

Imagen: “Snow Storm: Steam-Boat off a Harbour’s Mouth”, por Joseph Mallord William Turner (1842)