La soberbia.

by Miguel Ángel Castaño

Después, allí en la cama, los días de fiebre, hasta para eso perdí los ánimos, porque no concebía de ser jamás nada, ni que Isabel me quisiera más nunca, ni levantarme siquiera con voluntad ninguna de vivir en este mundo, si es que no me moría. Sólo veía entonces que me despreciaba Isabel para siempre y me daba miedo de ser nada más un bicho despreciable. A ratos otra vez quería sentirme superior a los demás y me daba el ataque de orgullo o me encontraba raro y medio loco, pero quizá un ser extraordinario, y al fin me hundía, viéndome de ser menos que los demás y arrastrándome sobre la tierra, como un limaco. Hace poco el Padre Cornejo me dijo: «Lo que no se te ocurrió nunca fue de ser igual que los demás, y es por donde debías haber empezado.» Ni ahora me convenzo del todo, aunque me resigno. Pero esas noches me venían todas las furias, sin saber por dónde salir. De repente, por la primera vez en mi vida, pensé si yo por Isabel no habría querido ser demasiado y si Dios no me castigaría de tanta soberbia. Pero ¿no me andaban predicando siempre que había de tener grandes aspiraciones? ¿Qué aspiraciones? Yo sin Isabel no sería ni bueno siquiera. Me horrorizaba no poder consolarme ni con ser bueno. Entonces ya me dio la locura furiosa.

La vida nueva de Pedrito de Andía, de Rafael Sánchez Mazas (1951)

Imagen: “Stadtbild Madrid”, por Gerhard Richter (1968)

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