Líneas de lápiz

pasajes, emociones, imágenes.

La libertad.

Eran unos segundos muy intensos y excitantes para Sara. Siempre llevaba en el bolsillo un par de fichas doradas de aquéllas. Se las había cogido a su padre una vez que estaba durmiendo y se le cayeron de la chaqueta mal doblada sobre el respaldo de una silla. Miraba la ranura por donde había que meterlas, se apartaba unos pasos de su madre y se dejaba invadir por la tentación de echar a correr con su impermeable rojo, su paraguas y su cesta, traspasar aquel umbral y perderse sola entre la gente rumbo a Manhattan. Pero nunca lo hizo ni lo intentó siquiera.

Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite (1990)

Imagen: “Shooting the Rapids, Saguenay River”, por Winslow Homer (1905-1910)

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La vitalidad.

—¡Así da gloria, Santos! ¡Písale a fondo, tú!

Él sentía el pelo de Carmen volando junto a su cara. Luego entraban al Puente de Vallecas, y la chica se sorprendía de verse tan de súbito entre letreros luminosos de cines y de bares y muchísima gente y luces y barullo de ciudad: preguntaba:

—¿Qué es esto?

Santos había frenado su carrera, para ponerse al paso de población.

—¿Esto? Vallecas City, ciudad fronteriza —contestaba riendo.

Regateaba con la bici a la gente de domingo que invadía las calles.

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (1955)

Imagen: “Night Windows”, por Edward Hopper (1928)

El olvido.

Todo se difuminaba en la niebla. El pasado había sido borrado, se había olvidado que había sido borrado y de ese modo la mentira se convertía en verdad.

1984, de George Orwell (1949)

Imagen: “San Pablo Ermitaño”, por José de Ribera (1635-1640)

La justificación.

Por otra parte, hemos perdido defensas contra el mal. Difícilmente un hombre puede hoy creer que sus manos sólo hacen bien, porque el mal es evidente. Entonces, se acude a las justificaciones sonoras, en que no creen más que los imbéciles. Se hace mal en nombre de cosas sublimes, en nombre de la humanidad futura, en nombre del bienestar, de lo que sea; pero el que lo hace, cuanto más grande y poderoso sea, más necesita engañarse a sí mismo, convencerse de que cree en aquello que le sirve de justificación, porque en el momento en que deje de creer le comerán los monstruos de su propia alma. Quítales la acción, déjalos a solas consigo mismos, y verás cómo se destruyen.

Los gozos y las sombras (I): El señor llega, de Gonzalo Torrente Ballester (1957)

Imagen: “El sueño de la razón produce monstruos”, por Francisco de Goya (1797-1799)

La creación.

Entonces, como ya le había ocurrido otra vez años atrás en La Haya, en el Museo del Mauritshuis, ante un lienzo célebre de Vermeer, La vista de Delft, entonces, de pronto, insensatamente -es decir, sin que el sentido profundo de lo que estaba ocurriéndole fuese inmediatamente legible, descifrable-, la nebulosa de historias, de deseos, de situaciones, de realidades y de ficciones, de verdades y de inventos que rondaba su imaginación desde hacía algún tiempo, en ese mismo instante todo aquello cristalizó, adquirió una oscura coherencia: una idea de novela tomaba cuerpo.

Veinte años y un día, de Jorge Semprún (2003)

Imagen: “Étude pour Les raboteurs de parquet”, por Gustave Caillebotte (1875)

La propiedad.

Estas angustias del tío Barret por satisfacer su deuda sin poder conseguirlo despertaban en él cierto instinto de rebelión, hacían surgir en su rudo pensamiento vagas y confusas ideas de justicia. ¿Por qué no eran suyos los campos? Todos sus abuelos habían dejado la vida entre aquellos terrones; estaban regados con el sudor de la familia; si no fuera por ellos, por los Barret, estarían las tierras tan despobladas como la orilla del mar… y ahora venía a apretarle la argolla, a hacerle morir con sus recordatorios, aquel viejo sin entrañas que era el amo, aunque no sabía coger un azadón ni en su vida había doblado el espinazo… ¡Cristo! ¡Y cómo arreglan las cosas los hombres!…

Pero estas rebeliones eran momentáneas; volvía a él la sumisión resignada del labriego, el respeto tradicional y supersticioso para la propiedad: había que trabajar y ser honrado.

La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez (1898)

Imagen: “Casa de huerta, Valencia (estudio)”, por Joaquín Sorolla (1908)

La vida en torno.

Pero también aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno. En el pueblo, las gentes maldecían la soledad, y ante los nublados, la sequía o la helada negra, blasfemaban y decían: «No se puede vivir en este desierto». El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaban un centenar de seres vivos. Le bastaba agacharse y observar para descubrirlos. Unas huellas, unos cortes, unos excrementos, una pluma en el suelo le sugerían, sin más, la presencia de los sisones, las comadrejas, el erizo o el alcaraván.

Las ratas, de Miguel Delibes (1962)

Imagen: “Im Wald”, por Rudolf Höckner (1909)