Líneas de lápiz

pasajes, emociones, imágenes.

El olvido.

Todo se difuminaba en la niebla. El pasado había sido borrado, se había olvidado que había sido borrado y de ese modo la mentira se convertía en verdad.

1984, de George Orwell (1949)

Imagen: “San Pablo Ermitaño”, por José de Ribera (1635-1640)

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La justificación.

Por otra parte, hemos perdido defensas contra el mal. Difícilmente un hombre puede hoy creer que sus manos sólo hacen bien, porque el mal es evidente. Entonces, se acude a las justificaciones sonoras, en que no creen más que los imbéciles. Se hace mal en nombre de cosas sublimes, en nombre de la humanidad futura, en nombre del bienestar, de lo que sea; pero el que lo hace, cuanto más grande y poderoso sea, más necesita engañarse a sí mismo, convencerse de que cree en aquello que le sirve de justificación, porque en el momento en que deje de creer le comerán los monstruos de su propia alma. Quítales la acción, déjalos a solas consigo mismos, y verás cómo se destruyen.

Los gozos y las sombras (I): El señor llega, de Gonzalo Torrente Ballester (1957)

Imagen: “El sueño de la razón produce monstruos”, por Francisco de Goya (1797-1799)

La creación.

Entonces, como ya le había ocurrido otra vez años atrás en La Haya, en el Museo del Mauritshuis, ante un lienzo célebre de Vermeer, La vista de Delft, entonces, de pronto, insensatamente -es decir, sin que el sentido profundo de lo que estaba ocurriéndole fuese inmediatamente legible, descifrable-, la nebulosa de historias, de deseos, de situaciones, de realidades y de ficciones, de verdades y de inventos que rondaba su imaginación desde hacía algún tiempo, en ese mismo instante todo aquello cristalizó, adquirió una oscura coherencia: una idea de novela tomaba cuerpo.

Veinte años y un día, de Jorge Semprún (2003)

Imagen: “Étude pour Les raboteurs de parquet”, por Gustave Caillebotte (1875)

La propiedad.

Estas angustias del tío Barret por satisfacer su deuda sin poder conseguirlo despertaban en él cierto instinto de rebelión, hacían surgir en su rudo pensamiento vagas y confusas ideas de justicia. ¿Por qué no eran suyos los campos? Todos sus abuelos habían dejado la vida entre aquellos terrones; estaban regados con el sudor de la familia; si no fuera por ellos, por los Barret, estarían las tierras tan despobladas como la orilla del mar… y ahora venía a apretarle la argolla, a hacerle morir con sus recordatorios, aquel viejo sin entrañas que era el amo, aunque no sabía coger un azadón ni en su vida había doblado el espinazo… ¡Cristo! ¡Y cómo arreglan las cosas los hombres!…

Pero estas rebeliones eran momentáneas; volvía a él la sumisión resignada del labriego, el respeto tradicional y supersticioso para la propiedad: había que trabajar y ser honrado.

La barraca, de Vicente Blasco Ibáñez (1898)

Imagen: “Casa de huerta, Valencia (estudio)”, por Joaquín Sorolla (1908)

La vida en torno.

Pero también aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno. En el pueblo, las gentes maldecían la soledad, y ante los nublados, la sequía o la helada negra, blasfemaban y decían: «No se puede vivir en este desierto». El Nini, el chiquillo, sabía ahora que el pueblo no era un desierto y que en cada obrada de sembrado o de baldío alentaban un centenar de seres vivos. Le bastaba agacharse y observar para descubrirlos. Unas huellas, unos cortes, unos excrementos, una pluma en el suelo le sugerían, sin más, la presencia de los sisones, las comadrejas, el erizo o el alcaraván.

Las ratas, de Miguel Delibes (1962)

Imagen: “Im Wald”, por Rudolf Höckner (1909)

El esfuerzo.

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¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que estáis exigiendo a vuestro capitán? ¿Acaso vosotros abandonáis tan fácilmente lo que os interesa? ¿No decíais que ésta iba a ser una expedición gloriosa? ¿Por qué lo decíais? Sin duda no porque pensarais que las aguas por las que navegaríais serían tan apacibles como las de los mares del Sur, sino, por el contrario, porque sabíais que estaban llenas de peligros y horrores; porque, a cada nueva dificultad, vuestro ánimo debería dar pruebas de coraje y entereza; porque la aventura estaba erizada de peligros e, incluso, podía amenazaros la muerte. Por todo ello esta expedición podía llamarse gloriosa; por todo ello esta empresa es honrosa.

Frankenstein, de Mary Shelley (1818)

Imagen: “Portel Fisher Folk”, por William Lionel Wyllie (1875)

La economía.

—Yo -dijo aún- poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Pues deshollino también el que está extinguido. No se sabe nunca. Es útil para mis volcanes y es útil para mi flor que yo los posea. Pero tú no eres útil a las estrellas…

El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró respuesta y el principito se fue.

Decididamente las personas mayores son bien extraordinarias, se dijo a sí mismo durante el viaje.

El principito, de Antoine de Saint-Exupéry (1943)

Imagen: “Coucher de soleil sur la Tamise”, por Emile Claus (1917)