Líneas de lápiz

pasajes, emociones, imágenes.

La playa.

La colección particular de satinados cromos se abrió en su mano como un rutilante abanico: él y ella perdidos en la dorada isla tropical, solos, bronceados, hermosos, libres, venturosos supervivientes de una espantosa guerra nuclear (en la que desde luego y justamente hemos muerto todos, lector, esto no podía durar) construyen una cabaña como un nido, corren por la infinita playa, comen cocos, pescan perlas y coral, contemplan atardeceres de fuego y de esmeralda, duermen juntos en lechos de flores y se acarician y aprenden a hacer el amor sin metafísicas angustias posesivas mientras la porquería de la vida prosigue en otra parte, lejos, más allá de esta desvaída soltura de miembros bronceados (Teresa seguía avanzando perezosamente sobre la arena, hacia él) que ahora se arrastra con un ligero retraso respecto a la visión, con una languidez abdominal que se queda atrás: la sugestión de no avanzar en medio del aire caliginoso, una dolorosa promesa que arranca de sus hombros y se enrosca en sus caderas y se prolonga cimbreante a lo largo de sus piernas para fluir, liberada, derramándose como la luz, por sus pies, hasta el último latido de cada pisada. Venía con su sonrisa luminosa y un coco prisionero entre su cintura y el brazo, jadeante y mojada, trayendo consigo algo del verde frío de las regiones marinas, y se dejó caer lentamente a su lado, doblando las hermosas rodillas, y soltó el coco. Su cuerpo parecía tan habituado a correr y yacer en las playas, tal como si hubiese crecido en ellas, extrañamente dotado por la naturaleza para vivir aquí, siempre, bajo el sol…

Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé (1966)

Imagen: “A Bigger Splash”, por David Hockney (1967)

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La libertad y el mal.

Y en el rayo ancho del alto sol, que atravesaban sin cesar, dibujándolo como un cristal turbio, nubaradas de lentos humos azules, los pobres gallos ingleses, dos monstruosas y agrias flores carmines, se despedazaban, cogiéndose los ojos, clavándose, en saltos iguales, los odios de los hombres, rajándose del todo con los espolones con limón… o con veneno. No hacían ruido alguno, ni veían, ni estaban allí siquiera…

Pero y yo, ¿por qué estaba allí y tan mal? No sé… De vez en cuando, miraba con infinita nostalgia, por una lona rota que, trémula en el aire, me parecía la vela de un bote de la Ribera, un naranjo sano que en el sol puro de fuera aromaba el aire con su carga blanca de azahar… ¡Qué bien -perfumaba mi alma- ser naranjo en flor, ser viento puro, ser sol alto!

…Y, sin embargo, no me iba…

“Los gallos” en Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez (1914)

Imagen: “Auvers, vue panoramique”, por Paul Cézanne (1873/1875)

La soberbia.

Después, allí en la cama, los días de fiebre, hasta para eso perdí los ánimos, porque no concebía de ser jamás nada, ni que Isabel me quisiera más nunca, ni levantarme siquiera con voluntad ninguna de vivir en este mundo, si es que no me moría. Sólo veía entonces que me despreciaba Isabel para siempre y me daba miedo de ser nada más un bicho despreciable. A ratos otra vez quería sentirme superior a los demás y me daba el ataque de orgullo o me encontraba raro y medio loco, pero quizá un ser extraordinario, y al fin me hundía, viéndome de ser menos que los demás y arrastrándome sobre la tierra, como un limaco. Hace poco el Padre Cornejo me dijo: «Lo que no se te ocurrió nunca fue de ser igual que los demás, y es por donde debías haber empezado.» Ni ahora me convenzo del todo, aunque me resigno. Pero esas noches me venían todas las furias, sin saber por dónde salir. De repente, por la primera vez en mi vida, pensé si yo por Isabel no habría querido ser demasiado y si Dios no me castigaría de tanta soberbia. Pero ¿no me andaban predicando siempre que había de tener grandes aspiraciones? ¿Qué aspiraciones? Yo sin Isabel no sería ni bueno siquiera. Me horrorizaba no poder consolarme ni con ser bueno. Entonces ya me dio la locura furiosa.

La vida nueva de Pedrito de Andía, de Rafael Sánchez Mazas (1951)

Imagen: “Stadtbild Madrid”, por Gerhard Richter (1968)

El consuelo.

She wanted to disbelieve. She was an infidel in current geopolitical parlance. She remembered how her father, how Jack’s face went bright and hot, appearing to buzz with with electric current after a day in the sun. Look around us, out there, up there, ocean, sky, night, and she thought about this, over coffee and toast, how he believed that God infused time and space with pure being, made stars give light. Jack was an architect, an artist, a sad man, she thought, for much of his life, and it was the kind of sadness that yearns for something intangible and vast, the one solace that might dissolve his paltry misfortune.

Falling Man, Don DeLillo (2007)

Imagen: “Cabeza de anciano”, por Joaquín Sorolla (1882)

La libertad.

Eran unos segundos muy intensos y excitantes para Sara. Siempre llevaba en el bolsillo un par de fichas doradas de aquéllas. Se las había cogido a su padre una vez que estaba durmiendo y se le cayeron de la chaqueta mal doblada sobre el respaldo de una silla. Miraba la ranura por donde había que meterlas, se apartaba unos pasos de su madre y se dejaba invadir por la tentación de echar a correr con su impermeable rojo, su paraguas y su cesta, traspasar aquel umbral y perderse sola entre la gente rumbo a Manhattan. Pero nunca lo hizo ni lo intentó siquiera.

Caperucita en Manhattan, de Carmen Martín Gaite (1990)

Imagen: “Shooting the Rapids, Saguenay River”, por Winslow Homer (1905-1910)

La vitalidad.

—¡Así da gloria, Santos! ¡Písale a fondo, tú!

Él sentía el pelo de Carmen volando junto a su cara. Luego entraban al Puente de Vallecas, y la chica se sorprendía de verse tan de súbito entre letreros luminosos de cines y de bares y muchísima gente y luces y barullo de ciudad: preguntaba:

—¿Qué es esto?

Santos había frenado su carrera, para ponerse al paso de población.

—¿Esto? Vallecas City, ciudad fronteriza —contestaba riendo.

Regateaba con la bici a la gente de domingo que invadía las calles.

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio (1955)

Imagen: “Night Windows”, por Edward Hopper (1928)

El olvido.

Todo se difuminaba en la niebla. El pasado había sido borrado, se había olvidado que había sido borrado y de ese modo la mentira se convertía en verdad.

1984, de George Orwell (1949)

Imagen: “San Pablo Ermitaño”, por José de Ribera (1635-1640)